José empleó casi seis meses y mil dólares en formalizar una iniciativa privada innovadora que acabó derrotada por la burocracia
Cuando acabó sus estudios, pudo disfrutar de una breve estancia en Grecia, una de las mecas del turismo europeo, y de allí se trajo un puñado de ideas, que estaba seguro que con un poco de esfuerzo y apoyo podría hacer realidad en Tarija.
Juntó unos pocos pesos trabajando aquí y allá, al tiempo que devoraba noticias en los diarios que posicionaban el sector como uno de los retos y apuestas de la región. Alcaldía, Gobernación y hasta el presidente Evo Morales, en su discurso de investidura, hacían promesas para incentivar el turismo. Era su oportunidad.
Sólo tenía una premisa entre ceja y ceja que se le había metido después de ver a su madre intentando arreglar los papeles de dos lotes heredados. “Hay que hacer las cosas bien”. Con una idea clara, turismo urbano y rural a la carta con las mejores opciones y actividades colectivas en consorcio con otras instituciones, todo albergado en un sitio web, se fue directo a Impuestos Nacionales para crear la empresa. Y empezó su calvario.
La burocracia consume
Tras un par de intentos con la conexión caída en la página del SIN, se dio cuenta de que el paso 0 era ir a Fundempresa, esa ONG al servicio de las empresas cuya misión es poco identificable y más se parece a una caja de cobranzas. Paso 1, consultar la disponibilidad del nombre. Paso 2, conseguir la matrícula, todo con su tarifa.
Viviendo de alquiler y sin muchas perspectivas de mantenerse en el mismo sitio, la parte de “fotocopia de recibo de luz y agua” no lo acababa de entender. El concepto de “vamos a hacer las cosas bien” empezaba a ponerse en cuestión. Acabó consiguiendo, con algunas mentiras piadosas, que la dueña le prestara la factura. “Mi oficina era mi Lap – Top, y se podía desplegar en cualquier sitio, pero parece que no se entendía”.
Tras el periplo para conseguir el dosificador de facturas, “todo un trámite”, logró su Número de Identificación Tributaria. “¡Ya estamos listos!” pensó, hasta que para abrir una cuenta en el banco le pidieron una Licencia de Funcionamiento del Municipio. “Ahí ya desistí definitivamente de hacer todas las cosas bien, no tenía un espacio físico donde desarrollaba mi actividad y no podía pegar en mi computadora tantos papeles”, bromea.
En los trámites de apertura (incompletos), una mediana inversión en material corporativo (folder, papel membreteado y unas tarjetas de presentación) y la página web que había encargado se habían ido aproximadamente mil dólares, tres meses y el 80 por ciento de la energía que había acumulado para esta empresa.
Con el 20 por ciento que le quedaba, armó una veintena de proyectos bien presentados, se compró unos zapatos nuevos y una camisa moderna y se fue a tocar puertas. Tres meses y unas cincuenta reuniones después, le habían “robado” dos ideas y el celular no había sonado ni una vez. Por otro lado, la presentación de formularios de IVA e impuesto a las transacciones se convirtió en un momento traumático y pseudoreligioso cada 14 de mes.
Por suerte encontró un trabajo a medio tiempo que le permitía compaginar las dos actividades, cada vez con menos entusiasmo. “Sin muñecas, todas las puertas están cerradas”, dice José.
Acabó el año y el talonario de facturas estaba intacto. Apenas había tenido una multa de 200 pesos por un día de retraso en la presentación del IVA. Lo había intentado varias veces pero nunca pudo hacerlo por internet. Cuando llegó abril y con él la presentación del Impuesto sobre la Utilidades (IUE). “¿Qué utilidades? Me reía yo – dice – pero luego tuve que corretear, esta vez sí contratar un contador, además colegiado, pues el Colegio de Auditores te debe extender una solvencia, que cuesta 50 pesos. No revisan ni una coma, pero hay que hacer fila cinco horas, es un negocio redondo”. No contento, de nuevo cambiaron las reglas y obligaron a presentar los Estados Financieros por internet. “Por suerte – ironiza – el plazo lo ampliaron tres veces. Tuve que rogar a mi contador para que me lo adaptara al nuevo formato, un desastre”.
2012 pasó en blanco de nuevo, ya sin apenas ponerle una gota de entusiasmo, “cada día 14 juntaba unas pocas de tarjetas telefónicas y hacía mi declaración, esa fue toda la actividad de mi empresa”, y aunque en abril tuvo que volver a corretear para presentar el IUE (también ampliaron el plazo y cambiaron los formularios) en junio logró dar de baja su empresa en Fundempresa. “Si no actualizas o cierras se te acumula otra deuda importante, aunque hasta para cerrarla hay que pagar 389 bolivianos”.
“¿Si lo volveré a intentar? No sé, las ideas eran buenas y en otros lugares se llevan a cabo, pero aquí mucho deberían cambiar las cosas. La verdad que por el momento para nada”, se despide José.
José no se llama José, pero prefiere guardar el anonimato por si algún día lo vuelve a intentar, aunque también se resigna. “La imagen de perdedor no vende aquí, prefiero que no publiques mi nombre”.
Los datos:
Impuestos, Fundempresa, Alcaldía y Gobernación forman parte de la cadena burocrática para conformar una empresa.
Incluso liquidar una empresa que no ha tenido actividad cuesta 389 bolivianos, además de la propia liquidación.
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