NOTICIAS | Hace 6 años          

La historia de un chileno que vivio en Corea del Norte

Durante ocho meses fue torturado y conoció el rigor de la cárcel en Pyongyang:
La historia del chileno que fue condenado a muerte por el régimen de Corea del Norte

En los 60 Eduardo Murillo fue becado para estudiar en el país comunista. Cuenta que pudo conocer los privilegios de la casta gobernante, pero tras cuestionar las injusticias del gobierno, fue acusado de "espía" y sentenciado a la pena capital.

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"Aterricé en Norcorea y empecé a vivir una realidad que yo calificaría de kafkiana. Sólo que, entonces, yo no lo sabía".

Eduardo Murillo (70), docente jubilado y ex funcionario del Ministerio de Educación, tenía sólo 18 años cuando en 1959 conoció en Santiago a una delegación de sindicalistas norcoreanos invitada por la CUT, donde su padre, Fernando Murillo (Premio Nacional de Periodismo 1967), ocupaba el cargo de secretario técnico. La invitación que le hicieron fue imposible de rechazar: una beca para estudiar "lo que quisiera" en el país del "Glorioso Mariscal Kim Il-sung", una nación que a sus ojos renacía tras el fin de la ocupación japonesa y que era destino de jóvenes y revolucionarios de todo el mundo que querían vivir la experiencia comunista.

"Yo era comunista de corazón. Creía que la dictadura del proletariado iba a ser la solución a nivel mundial para los problemas del hombre pobre. Pero resulta que una de las primeras cosas que me hicieron los norcoreanos fue romperme el carné de las Juventudes Comunistas de Chile, diciéndome que eran unos degenerados, vendidos, revisionistas".

Con todo, en sus primeros años pareció vivir un sueño. "Para un muchacho joven era como vivir en el paraíso, porque como extranjero pertenecía a la casta privilegiada", dice, recordando que tenía acceso a los mismos lugares y lujos que la clase gobernante y su bienvenida incluyó todos los honores, flores y coreanas vestidas con traje nacional. Eligió estudiar medicina, y como presidente de los estudiantes extranjeros en Norcorea, en más de una ocasión estuvo con el "Amado líder" y vio pasar por las aulas a su hijo, Kim Jong-il, a quien ya preparaban para asumir el poder.

Dar la vida por el líder

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Pero al poco tiempo se dio cuenta de las intenciones del régimen. "Yo estudié medicina a troche y moche , porque ellos no querían. Vino una especie de choque con las autoridades, porque en verdad ellos habrían querido convertirme en una especie de agente", señala. Durante toda su estadía fue obligado a tomar entrenamiento militar los fines de semana, hizo trabajo voluntario y fue instruido en el marxismo, en la historia de Corea y en "amar al líder, dar mi vida y hasta la última gota de mi sangre por el bienamado Kim Il-sung".

Murillo fue testigo de cómo a la sociedad norcoreana, que por entonces "era un pueblo donde la gente aún podía soltarse un poquito y hablar, tomar, fumar", la fueron sofocando en sus libertades individuales. "Mi idea sobre Norcorea empezó a cambiar cuando comencé a ver el maltrato a las personas. El trato era de 'compañero' y 'camarada' para arriba y abajo, pero había una casta abusiva con una crueldad realmente inaudita", relata.

"Hoy en el mundo la nobleza es casi decorativa, pero allá no, es una monarquía absoluta, a la antigua. Es un enclave de los resabios del feudalismo asiático, una suerte de existencia de señores y de siervos, con mucha crueldad.

Entonces los latinoamericanos y los europeos empezamos como a sentir que habíamos sido engañados en la idea de que era un país que avanzaba a 'pasos agigantados' hacia el comunismo, como se decía". Según afirma, el color del gobierno poco importa: "Eso de que son comunistas o no comunistas, la verdad es que no tiene ningún peso. Si mañana dicen que se cambian de rojos a verdes, va a seguir siendo todo igual".

"Traidor a la patria"

El 27 de septiembre de 1967 Murillo fue arrestado y pasó ocho meses en una celda de dos por dos, sin cama y apenas una tabla -que hacía de almohada- y una letrina. "Nunca vi a mis compañeros. Era una celda aislada. Estuve ocho meses absolutamente solo", dice. Llegaban a pasar hasta cuatro o cinco días sin que le dieran comida, muchas veces podrida o con más ají que arroz. "Si tú no te comías algo, más días te dejaban sin comer nada. Era parte de la tortura. Tuve que comer gusanos, sabiendo que eran proteínas, para poder sobrevivir". Cada vez que se quedaba dormido, lo despertaban con una patada a una puerta de fierro.

El juicio fue una cosa desquiciada, llena de formalismos y loas al líder, para luego decirle que era un "traidor a la patria". Fue acusado, entre otros "delitos", de traducir las noticias de la radio surcoreana a otros latinoamericanos, así como de supuestamente haber tenido un amorío con una mujer casada, lo que él descarta. En realidad Murillo, quien se había casado con una ucraniana, Lida Alexeieyna, le regalaba algunos víveres que le sobraban de su cartilla de racionamiento. "Al final, fuimos acusados de ser espías de EE.UU., miembros de la CIA y todo eso. Y la condena fue la muerte".

Hubo un momento en que pensó que había llegado su día. Lo tomaron y le pusieron un overol con un círculo rojo en el corazón. Lo vendaron y lo colocaron en el paredón de fusilamiento. No sabía que era una tortura más. "Cuando sentí las balas de los fusileros, que eran de salva, fue la primera vez que pensé en Dios. Yo antes era un ateo militante. Creo que ese fue el premio que tuve después de todas estas amarguras".

También estuvo el tema del "endiosamiento" a los Kim, un culto que iba más allá de la persona -como Stalin en la URSS o Mao en China- para convertirse en un culto a la divinidad: en Norcorea llueve o los ríos cambian de curso porque el líder se lo ordena a la naturaleza.

Murillo comenzó a trabajar en Radio Pyongyang haciendo de traductor y enseñando español, pero a veces le pedían que fuera locutor, y no pudo evitar cuestionar esas verdades del régimen. "Me pedían que leyera, por ejemplo, que el gran líder Kim Il-sung había hecho la Gran Marcha de los 80 mil kilómetros. Y cuando tú piensas que eso era dos vueltas al mundo, era como ponerle mucho. O la cantidad de batallas contra los japoneses (150 mil, según el relato oficial). ¡Tendría que haber estado combatiendo como cinco vidas!".

Los extranjeros comenzaron a comentar esto, sin saber que eran espiados con micrófonos ocultos en sus residencias. "El resultado fue que un día nos pescaron a todos y nos llevaron presos. E irse preso en Norcorea es una tragedia grande".

Expulsado y despojado

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Por ese tiempo, su padre, que antes había creado un instituto chileno-coreano de amistad, habría recibido una carta donde le contaban que estaba preso, y comenzó a "mover hilos políticos" para su liberación. No se sabe si estas gestiones habrán surtido efecto, pero el 20 de mayo de 1968 lo bañaron, lo despiojaron, le dieron ropa nueva ("la que tenía estaba hecha jirones") y lo llevaron con su esposa. Fue la última vez que la vio. Al día siguiente fue expulsado de Norcorea vía Moscú, terminando así su aventura "kafkiana".

"Mi título de médico me lo retuvieron, aunque no pudieron quitarme ni los conocimientos ni mi memoria. Fue lo único que me quedó: todas mis cosas, mis ahorros, me los quitaron. Y también me quitaron la mujer".

Ya en Chile, intentó contactar a Alexeieyna, pero ella había sido acusada de "antipatriota" y la habían enviado "a trabajar" a su aldea natal, Dnipropetrovsk. Hizo gestiones a través de la cancillería para traerla, e incluso llegó a contactar al entonces senador Salvador Allende -quien era amigo de sus padres-, pero la URSS señaló que ese matrimonio nunca había existido.

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Varios años después se enteró de la suerte de algunos de sus amigos. Alí Lameda, un reconocido poeta comunista venezolano, quien hacía de corrector de las obras en español de Kim, estuvo siete años en un campo de concentración. El francés Jack Sedillot, un revolucionario que había combatido en Argel, murió en cautiverio. A él le dedicó un libro que escribió en 1980, titulado "Infierno en Norcorea", donde describe su vida en un país de "días tenebrosamente iguales y afiches simétricos".
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Tras su experiencia, Murillo rehizo su vida en Chile. Estudió pedagogía en Historia, se casó y tuvo cuatro hijos. A 43 años de su retorno del llamado "País de los amaneceres tranquilos", sigue con nostalgia las noticias que llegan de la Corea de los Kim. De vez en cuando visita a surcoreanos en Patronato para practicar la lengua, porque -dice- le tiene cariño a su pueblo.
"Pese a todo yo quiero a los coreanos, pero desprecio al gobierno", dice emocionado. "Los coreanos son un pueblo afable y muy generoso... Pero los tienen esclavizados".

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